Daniel Passarella - El
Kaiser arriba -
Nadie se olvidará de aquella imagen de Pasarella que recorrió el mundo en
1978: él, capitán de la selección argentina, en andas de la gente y con
la Copa del Mundo en sus manos. El pibe de Chacabuco, nacido en Alsina 236, una calle de
tierra, el 25 de mayo de 1953, vivía en aquella fría tarde de junio una de sus horas
más gloriosas. "Daniel, vos vas a jugar en River", le predijo su abuela Ramona,
que era la curandera del barrio. Y se lo dio a él que era de Boca como toda su familia.
Boca, justamente, fue uno de los cuadros en que se fue a probar y en el que lo rechazaron,
allá por 1970, como antes había ocurrido en Estudiantes, Independiente y Chacarita. Las
puertas se cerraban pero el no bajaba los brazos, siempre pudo más su amor propio. Cada
vez que escuchaba un NO regresaba a su Chacabuco, donde entre otras cosas estudió
industrial y trabajó desde los 14 años en un corralón de materiales, como su padre
Vicente Uberto, mientras su mamá Elida hacía las tareas de la casa. También durante dos
años fue cadete en una tienda del centro. Jugó en Argentino de Chacabuco, como puntero
izquierdo y salió tres veces campeón. Pasó a Sarmiento de Junín y allí de tanto
romperla su nombre comenzó a trascender. Una vez la selección se presentó en Junín
para un amistoso y le pidieron si podía actuar en reemplazo de Antonio Rosl (lesionado).
"No contestó, yo juego para Sarmiento porque si me destaco no van a poder decir que
fue por mis compañeros". El tucumano Raúl Hernández (ex jugador de River y uno de
sus mejores amigos) se lo llevó a Néstor Rossi que en aquel tiempo dirigía a River.
Tenía 20 años el 23 de enero de 1974 cuando Pipo le preguntó si se animaba a jugar
contra Boca "Discúlpeme que le conteste, yo me animo a jugar, hay que ver si usted
se anima a ponerme" respondió. Daniel actuó de 3, no dejó mover al Mane Ponce,
pegó un zurdazo espectacular en el travesaño y fue la figura del superclásico. River le
compró el pase y en sus primeros tiempos de banda roja dejo el sello inconfundible de su
personalidad, de su marca, de sus goles de zurda o de cabeza, de tiro libre o penal, ya
jugando como segundo marcador central. Llegó Labruna en el 75 y con él el
Gringo Artico, el 6 titular. El técnico lo quiso ubicar como 3 y Daniel se negó
rotundamente. Empezó la "guerra" con Labruna que una y otra vez lo mandaba al
banco o a la reserva. Pero Daniel terminó convenciendo a Labruna y su espalda,
rápidamente, empezó a identificarse plenamente con el 6. En la Selección jugó 84
partidos y convirtió 26 goles. Se fue a Italia para jugar en la Fiorentina y después al
Inter. Pero la selección le tenía reservada una revancha (tras el fracaso del 82): el 30
de junio de 1985, cuando Perú le ganaba a Argentina y lo dejaba afuera del Mundial de
México, una espectacular corajeada de Danieldesembocó en el gol de Gareca y en el empate
salvador. Lamentablemente una enfermedad lo dejó al margen del Mundial 86. En Fiorentina
cumplió una etapa formidable y hasta alcanzó el r récord de ser el defensor más
goleador en una temporada de Italia: 11 en el torneo 85-86. Pasó al Inter. Y también
dejó un recuerdo imborrable. En Italia es respetado hasta la admiración. Volvió a River
para integrar el equipo de Menotti en el campeonato 88-89. Y le dijo adiós al fútbol
activo unos meses después. Nacía el Pasarella técnico, tan exitoso como exigente y
rígido (En Europa, lo llaman profesionalismo, ironiza) Como técnico ganó el primer
torneo que disputó y después vinieron dos más. El trabajo y la disciplina son valores
imposibles de negociar con Pasarella. Es tan respetuoso de eso que hasta se ganó la fama
de duro. Aunque hoy en dìa nuestro actual entrenador ha cambiado bastante. Sin duda otro
gran idolo "El Gran Capitán"
Enzo
Francescoli - El Símbolo- arriba -
" Alguna vez volveré a River, de eso estoy seguro", dijo cuando fue a jugar a
Francia. Y allá anduvo por Racing Matra de París, después en el poderoso Olympique de
Marsella, más tarde en el Cagliari y por último en el Torino. Fueron ocho años de
transitar por las canchas europeas. Nunca se olvidó de la banda roja que vistió por
primera vez un viernes 22 de abril de 1983, en la cancha auxiliar del Monumental. Y
volvió el Enzo para dejar bién en claro que las promesas se cumplen. Volvió para el
Apertura 94 y la gente lo recibió como si nunca se hubiera ido. Volvió menos explosivo,
menos veloz, pero con más oficio, más panorama, y más ascendencia. Y con dos elementos
absolutamente intactos: el taleto y esa capacidad de gol que siempre los destacó. Fue
goleador y campeón, mejor imposible. El primer gol de su retorno fué frente a Argentinos
Jrs, pero el debut fué frente a Nacional de Montevideo por la Supercopa. Durante ese
Apertura hizo 12 goles que lograron batir el récord de otro compatriota suyo, nada más y
nada menos que Walter Gómez. Se fué el Tolo, paso fugaz de Babignton y viene Ramón con
quien lograría muchísimos títulos.
El 96 logró lo que tanto anhelaba: La Copa Libertadores en la cual hizo 6 goles. Pero no
todo terminó ahí. Ese mismo año River arrolló en el Apertura y el Enzo llegó nada
más y nada menos que a la cifra de 100 goles en Rosario frente a Central (convirtió dos
goles es día del 5 a 2) De los 100 goles 59 fueron de jugada, 34 de penal, 7 de tiro
libre: 40 en los primeros tiempos y 60 en los segundos. Y quedaron además 10 en la
Libertadores y 9 en la Supercopa. En el 97 dos títulos más para El Enzo y además la
Supercopa. Su cifra final de goles fué de 115 conquistas en 198 partidos. El anuncio que
nadie quería escuchar fue dado en la tarde del 18 de febrero de 1998. El retiro estaba
consumado. Pero no todo fue un lecho de rosas en la carrera del Enzo en River. Francescoli
nació el 12 de noviembre de 1961 en el barrio Capurro de Montevideo. Llegó a Wanderers
en el 77 y tres años después debutó en Primera. Fué campeón sudamericano con el
juvenil uruguayo (1981) en Ecuador y participó en el Mundial de la categoría en
Australia. Con la selección mayor logró la Copa Nehrú de la India (1982) y la Copa
América (1983). En el 83, a los 21 años llegó a River. Desde el momento en que debutó
el 24 de abril de 1983 en el Monumental, victoria 1 a 0 sobre Huracán su evolución fue
constante. El "uruguayo, uruguayo" ya era un grito conocido, casi familiar. Eso
lo conmovía "es muy díficil ser reconocido fuera del país de uno y lograrlo me hace sentir
muy bien" quién nunca fue tan bien tratado en Argentina , ni siquiera en Uruguay. En
1985 ganó el Olimpia, el balón de oro. Además de su talento Enzo siempre fue admirado
por su humildad, a pesar de ganar todo y ser un grande en el campo de juego lo era
todavía mucho más fuera de la cancha donde demuestra día a día la clase de persona que
es. El domingo 9 de marzo de 1986 se consagró campeón argentino con River, 3 a 0 sobre
Velez con un penal suyo en el último minuto de juego- Fue el goleador del torneo con 25
conquistas. El 1 de agosto de 1999 fue el día seguramente más soñado. Fue el día en
que 80.000 espectadores colmaron el Monumental con un único motivo: AGRADECERLE AL ENZO.
Fue el día en que otro uruguayo, el ilustre Walter Gómez dio el puntapié inicial. Fué
el día en que diseñó el equipo de River con muchos amigos y para colmo cerró la noche
con un pase a Marco y de este a Bruno para que sellen el último gol de River. Para
anunciar que la dinastía Francescoli continúa. En esa tarde Enzo recogió algo de lo
tanto que había sembrado en su brillante trayectoria: su partido despedida se transformó
en una fiesta inolvidable para él y para todo River. El Enzo hombre seguirá caminando
por la vida con la frente bien alta y las convicciones irrenunciables. El Enzo símbolo
estará siempre.
Ariel
Ortega - Gracias por la alegría "Burrito" - arriba -
La tarde del sábado 30 de abril de 1994 Ariel Arnaldo Ortega escribió una de las
páginas más gloriosas de la historia del Club Atlético River Plate, cuando con una actuación
perfecta, que incluye un golazo, fue el héroe del triunfo frente a Boca Juniors en La
Bombonera por 2 a 0.Es que habían pasado ocho años, exactamente 2946 días, de la
última victoria millonaria en tierra boquense y además, existía una racha adversa de
resultados que ofendía y provocaba desazón. Dicen los que saben que los grandes
jugadores aparecen en las más difíciles y éste jujeño, que por ese entonces tenía 20
años recién cumplidos, eligió un Superclásico para dejar de llamarse Orteguita. Jugó
en una Bombonera repleta de presión con soltura y alma de potrero; gambeteó y
desparramó rivales jugando como wing derecho y no se cansó nunca de pedirla y de
resolver en una baldosa. Dejó en ridículos a Mac Allister (¡pobre colorado!), Navarro
Montoya y al experimentado defensor Juan Simón. A los 14 minutos de la segunda mitad
entró al área por la punta derecha ¿cuando no? y sacó un latigazo infernal que se
clavó en el ángulo izquierdo de Navarro Montoya. Luego, siguió nloqueciendo rivales y
provocó la expulsión de Peralta. Más tarde llegaría el segundo de Hernán Crespo para
adornar el resultado. Ese mismo año, el 11 de diciembre y con un Mundial encima, Ariel
volvió a pisar la cancha de Boca. Esta vez, tenía a un compañero de lujo a su lado:
Enzo Francéscoli. Nuevamente fue la figura del Superclásico, en aquella inolvidable
goleada por 3-0 que le permitió al equipo de Gallego coronarse campeón invicto -por
única vez en la historia- una semana después. El Chango clavó un derechazo desde afuera
del área por encima del cuerpo del mismo Navarro Montoya y colocó el 2 a 0 parcial.
Anteriormente, le habían cometido el penal que Francescoli luego transformaría en gol.
Claro que la historia de Ortega no empezó en 1994. Ya desde chiquito mamó esa pasión
por la pelota y se la pasaba pateando en la canchita Belgrano que estaba enfrente de su
casa. Dejó de lado los estudios tras finalizar el primer año y ni siquiera amagó, raro
en él, con seguir segundo. Su primer club fue Atlético Ledesma, que era el club más
importante del barrio, y a los 15 años ya estaba en primera. ¨Mi meta era que me pagaran
por jugar en la liga de Jujuy¨. Llegó a River en diciembre de 1990 y se sometió a una
práctica de quince minutos realizada por el director general de fútbol amateur, Delem.
Volvió a Jujuy y tras dos meses se integró efinitivamente al club en la sexta división.
Disputó once partidos y saltó a la reserva. Por esos días extrañaba mucho pero el
apoyo de sus padres José y Mirta fue importante para que se quedase en Buenos Aires.
Debutó en primera el 14 de diciembre de 1991 -1-0 frente a Platense- con 17 años y de la
mano de Passarella (su padre futbolístico). De ahí entonces, su vínculo con el hincha
quedaría marcado a fuego. Ganó su segundo título (el primero jugando como titular) en
el Apertura 1993. En ese torneo disputó todos los encuentros y convirtió un gol
recordado a Mandiyú de Corrientes en el Monumental el día de su vigésimo cumpleaños.
Repetiría otra vuelta olímpica en el Apertura de 1994 y dos años más tarde se alzaría
con la Copa Libertadores de América y el Apertura ´96. Sus notables actuaciones
provocaron su ida al Valencia español, en lo que fue en ese entonces el pase más caro en
la historia del fútbol argentino: $ 12.130.000. En el viejo continente desparramó
alegría por el ya nombrado Valencia y luego en Sampdoria y Parma. Ya había jugado su
segundo Mundial en 1998 en Francia. Hasta
que un día decidió volver, como una vez lo hicieron Ramón Díaz y Enzo Francescoli.
Ariel Ortega emprendió el viaje de vuelta a Núñez porque en Europa no entienden mucho
de gambetas y lujos. Fue una tarde lluviosa frente a Rosario Central y fue figura, valga
la redundancia, en la goleada 4-1. Tuvo que esperar tres torneos (tres subcampeonatos)
para alcanzar la gloria nuevamente. Esta vez, retornó como manija del equipo y no tan
pegado a la raya de cal, y se dedicó a enloquecer a volantes centrales, como a Mauricio
Serna el 10 de marzo de 2002. Sí, de nuevo en el mismo escenario -La Bombonera- y
también después de ocho años sin conocer el triunfo allí. Tenía que volver el Burrito
de las mil y un gambetas para alterar la historia y sacarnos de encima una mochila pesada.
Sirvió a Esteban Cambiasso (en el primer gol) y a Ricardo Rojas (en el tercero). Robó la
pelota a Serna en la mitad de la cancha, la llevó al área rival, la abrió a Zapata a la
izquierda, la volvió a recibir y dejó solo a Cavenaghi para que éste dejara a Coudet
listo para empalmar el segundo. Tenía que regresar Ariel para poder gritar en La Ribera.
Posteriormente, River gritó campeón por trigésima vez pero Ortega tuvo que desembarcar
en el Fenerbahce turco, pese a que era la debilidad del presidente José María Aguilar.
Tenía un contrato muy elevado como para mantenerlo. Y ahí está deleitando ojos ajenos y
esperando seguramente por otro regreso al club de sus amores. Ariel, ¡gracias por
volver!, gracias por volver a ganar en la Boca, todos los riverplatenses lo necesitábamos
y hasta la vuelta. Tu vida es River.